Demanda de reparación: que la respuesta esté a la altura del daño sufrido. Siempre imposible. Se pueden hacer, pedir sin cesar, grandes cosas —a menudo crearlas—, pero hay un resto que jamás se sustituye, que nunca podrá decir la última palabra del trauma. Porque no la tiene. Es un agujero, y en un agujero no hay palabras. No se las va a encontrar ahí.
El castillo freudiano —la gran creación— existe para decir, para buscar ese agujero. Pero para ello meten al sujeto: aquel que podría decir. Decir y decir, una y otra vez, y una vez más. Lo meten porque el trauma lo concierne; desde fuera lo concierne. Es un fantasma llamando a la puerta del armario, siempre a la espera de salir. ¿Qué hace ahí el fantasma? ¿Por qué a él? ¿Qué hizo para merecerlo?
Dicen: “Tiene que buscar el punto que le concierne.”
Pero ¿no es esa la maniobra de Freud? ¿Meter, inventar el inconsciente para tapar el agujero del trauma? ¿Hacer de ese agujero un fantasma que interpela, hacer de ese enigma del agujero una pregunta?
Pero ¿cómo nombrar lo innombrable?, ¿qué hacer con un padre abusador?
Crea un gran castillo teórico y mételo dentro. Y en ese castillo habrá monstruos innombrables que den forma, que tapen lo innombrable: tu padre abusador.
Es una maniobra, una mentira, una creación. Útil, como muchas creaciones —El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y tantas otras—, pero la verdad que anuncia viene coja. Porque no hay verdad última, ni sentido de nada, solo la nada: esa nada sin sentido, más ruidosa que el viento del huracán, que el trueno de la tormenta. Solo ruido podemos esperar.
Que no nos vengan con concernimiento. Porque sí, están a la altura del trauma, pero están de su lado, aliados a él, cuando nos convocan a significar, asociar, discurrir, como él.
A nosotros, por nuestra parte, siempre nos quedará escupirle en la cara.
Ricard Vancells
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